Lo que Lucía dice de CrossFit Entreno Cruzado

Nunca lo había pasado tan mal como cuando hice el primer concierto en exterior de mi vida.

Sí, ya había hecho muchos conciertos en la sala en la que trabajaba, cargado y descargado amplificadores e instrumentos, pero aquello no era lo mismo. Dos trailers grandes cargados hasta los topes de esos a los que les tiras un alfiler dentro y rebota.

Allí estaba yo, junto a tipos que me sacaban por lo menos una cabeza, musculados de gimnasio y que me miraban con cara de “ésta no va a aguantar”. Cerdos y cerdos de cables, hardcases, tramos de estructura, vallas antiavalancha, mesas de sonido, mesas de luces, cabezas móviles… no había nada que pesara menos que yo. Obviamente, no estaba allí por mi condición física, sino por mis conocimientos técnicos. Pero montar y desmontar era parte del trabajo del auxiliar de escenario. Entonces me di cuenta de que lo había conseguido: estaba donde quería estar.

crossfit en palma de mallorca LuciaY decidí sonreír. Sonreír mientras sentía alargarse los brazos por el peso que llevaba y sentía temblar los músculos de las piernas pidiendo clemencia. Una hora después estaba “todo a sitio” y solo quedaba montar, hacer el concierto, desmontar y cargar. ¡Puf! Pasé todo el día y buena parte de la noche planteándome si quería hacer eso con mi vida y la respuesta fue “sí, quieres hacer conciertos pero tendrás que ponerte en forma”.

No, no me puse en forma. Volví a la sala de conciertos un tiempo mientras mandaba currículums e investigaba qué empresas de sonido había en la isla. Y me vine a Mallorca. Tres días después de llegar ya tenía trabajo… Sí, en otra empresa de conciertos (cuando la Vida te reta hay que recogerle el guante). Ya sabía lo que me esperaba, así que decidí ponerme en forma.

Y tampoco lo hice.

No, no fue falta de tenacidad sino de tiempo. Empezábamos jornada por la mañana, acabábamos a la mañana del día siguiente y volvíamos a salir a mediodía para el siguiente concierto. Aquellos hardcases pesaban exactamente igual que los de Madrid pero esta vez me dediqué a recoger los cables pequeños, cosa que todos odiaban hacer, y a poner y quitar los cables que iban por dentro de la estructura, algo complicado con sus manos grandes. Vamos, que encontré mi hueco.

Aun así, a mis compañeros no les gustaba trabajar conmigo porque si iba yo “eran uno menos para cargar y descargar”, así que decidí aprender a cargar. Volví a mis apuntes y me revisé aquel aburridísimo manual de cargas manuales que me había aprendido para aprobar riesgos laborales y que había olvidado completamente.

Repasé cosas como que hay que agacharse para coger una carga que está cerca del suelo, pero agacharse doblando las rodillas, no arqueando la espalda, hacer fuerza con las piernas y no con los brazos, aprendí a encontrarle el centro de gravedad a los bultos y a usar ese momento en el que parece que flotan para cambiar las manos de sitio y pegarles el empujón.

De repente parecía más fuerte.

Podía cargar lo que antes ni se inmutaba cuando lo intentaba mover y, poco a poco, mis músculos se fueron acostumbrando al trabajo. Las cargas y descargas dejaron de ser una pesadilla y comenzaron a ser tiempo para hacer bromas con los demás. ¡Ya estoy en forma! Pensé.

Como en muchos trabajos en esta isla llegó el invierno. Cambié de tercio. Me fui a hacer plató.

Allí lo más pesado que tenía que levantar eran los 300 gr de las petacas inalámbricas o el teclado del ordenador… O mejor dicho, mi culo de la silla. De vez en cuando hacía algún directo pero la televisión es otra cosa, nada de camiones interminables ni cerdos de más de 50 kg.

Hasta que un día me dijeron en la empresa en la que estaba, que querían que fuera a aprender a usar la pértiga para poder hacer sustituciones. Me presenté en el rodaje de la serie al día siguiente y sin muchas explicaciones me dieron la pértiga, un palo largo extensible de fibra de carbono que en la punta lleva el cerca de medio kilo que pesan el micrófono y el transmisor inalámbrico.

Aquello no había quien lo mantuviera quieto y menos en la misma vertical, no hablemos ya de trabajar con ello y moverlo a un sitio determinado. Lo intenté durante horas pero no lo conseguí. Lo que sí conseguí fue volver a casa conduciendo con una sola mano porque el brazo derecho no podía moverlo del dolor. Tengo que ponerme en forma, pensé.

Y a ello me puse. Pasaba las 10h de jornada con la pértiga y tres más después haciendo mil tipos de abdominales, mancuernas y nadando a braza sin usar las piernas. En un mes ya tenía fuerza para mover la pértiga y ya no volvía tan muerta a casa.

¿Ya estoy en forma?

No. Necesitaba un cambio y cambié nadar por correr. Así descubrí la felicidad en el sufrimiento, en el minuto menos que ayer, en los 2 km más, en el tiempo para pensar y arreglar la vida, en el tiempo para no pensar en nada, para convencer a la cabeza de que el cuerpo puede y de que el dolor no existe. La felicidad en la ducha de después. Y el calvario de la espera hasta la siguiente vez que te calzas las zapatillas. Poco a poco las distancias se fueron haciendo más largas y el sufrimiento menor.

Ya estaba en forma, ¿no?

Hasta que un día el estancamiento llegó. Investigué qué podía hacer y todo me llevaba a “equilibrar resistencia y fuerza”.

Seguí investigando y empecé a leer sobre crossfit mientras sentía que podría ser muy divertido “ejercicio físico a alta intensidad”. ¡Menudo reto! A veces pasaba con el coche por delante de un sitio que se llamaba “Crossfit Entreno Cruzado” y siempre veía a gente levantando pesas y pensaba “tengo que ir a ver” pero se me ocurrió preguntar a otros deportistas sobre el crossfit y escuché:

  • “es muy lesivo”,
  • “hacen mucho el bruto”,
  • “no olvides que eres autónoma y no te puedes lesionar”, …

Así que me creí los artículos que había leído en internet sobre “los peligros del crossfit” y lo dejé estar. Estaba estancada, ¡pero en forma!

Un día, trabajando, conocí a un chico que llevaba ropa de crossfit y le pregunté. Se le iluminaba la cara cada vez que me hablaba de este deporte y ya no pude quitármelo de la cabeza: ¡tenía que ir!

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Lucía Millán / Crossfit Entreno Cruzado

Causalidades de la Vida, él entrenaba en aquél sitio que tantas veces había visto. Pasaron meses hasta que conseguí tiempo para ir a informarme, pero al entrar supe que sacaría tiempo de debajo de las piedras para poder ir allí. Era mi sitio.

No había música machacando el cerebro, ni espejos y la gente se miraba a los ojos y no al culo, con respeto y no como quien mira a un trozo de carne.

El único sonido que había era el de las pesas cayendo al suelo y respiraciones, gritos de esfuerzo. Las caras eran de alegría a pesar del sufrimiento, todas.

Hice mi primer tábata y al salir comprendí que había encontrado a sabios entrenando a personas, no a simples instructores. Y que el crossfit iba a empezar a ser una parte imprescindible de mi vida. ¿Lo es?

Lo es.

En parte gracias a que hasta una hora antes puedo inscribirme en la clase desde la app e incluso, todo sea dicho, anularla si veo que la jornada laboral se alarga. Dos veces por semana consigo escamotearle una hora a mi agenda para ir. Para hacer eso que la población en general hace solo los domingos: ir a ver a la familia. Sí, a la familia. Fui buscando un box y encontré una gran familia dentro de “la caja”.

Sí, mi familia, porque nada más llegar ya formas parte de ella y porque no empiezas a entrenar sin conocer el nombre del todos los que ese día serán tus hermanos de box. Porque ellos te sirven de ejemplo y siempre encuentran un segundo de aliento entre repetición y repetición para darte un buen consejo o una palabra de ánimo, te felicitan por el entreno, por el entreno bien hecho… por el esfuerzo.

Porque entrenas bajo la atenta mirada de los instructores como si de una madre con su hijo al que acaba de quitar los ruedines se tratase, una madre que conoce el proceso de aprendizaje y no emplea el “ten cuidado” si no el “ten confianza” ¡y que te deja poner los pies en la pared sin quitarte los zapatos! ¡y trepar hasta el techo! ¿Qué te deja? Bueno, más bien te ayuda a fortalecer tu cuerpo para lograrlo y te enseña la técnica para conseguirlo más fácilmente.

Llevo 5 meses regando con mi sudor el suelo de Entreno Cruzado, nuestro box, esa maravillosa “caja” con suelo de goma y madera, llena de pesas, anillas, barras, máquinas de remo, cuerdas, toallas, botellas de agua y sonrisas, en la que cuando entras todos te saludan, te llaman por tu nombre e incluso reconocen tu voz. Son tu familia.

¿Qué si estoy en forma?

Cada vez más, mi cuerpo cada vez es más flexible, fuerte, sano y cómodo para moverme por el mundo. La pértiga es más una sonrisa que un esfuerzo y el estancamiento físico un recuerdo lejano.

El tiempo no se mide en segundos si no en repeticiones.

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¡Fortitudine Vincimus!

Por Lucía Millán.